Restaurante “El Manjar” (La Coruña)

La última visita gastronómica de esta semana no se aleja del concepto tradicional que han tenido las últimas, ya que si algo tiene el restaurante “El manjar”, es su sabor clásico.

A este local, conocido a nivel nacional por su tortilla de patata, ganadora de unos cuantos premios y que siempre está ahí, en la pomada de las mejores de España, he acudido en varias ocasiones, y nunca me ha acabado de convencer; es un sitio extraño, y Crispi, el dueño y cocinero lo hace todavía más extraño: es de esos personajes que da este mundo, encantados de haberse conocido, convencido de lo superior de su producto y que tiende a darte lo que a él le apetece, no lo que le apetece al comensal. Adicionalmente, el servicio es malo, no desatento, sino que tiene un problema de oportunidad: que le quiten el plato a mi acompañante mientras todavía no he terminado, o que me retiren mi plato mientras estoy masticando, no ayuda demasiado.

La decoración del local es extraña y recargada; la remodelación de hace unos años convierte al restaurante en un pastiche de estilos, y los clientes están metidos a presión en un espacio alargado y difícil; la decoración la rematan unos cuadros un tanto horrorosos que obligan a no desviar la mirada del plato.

Ciñéndonos a la comida, hoy nos decidimos por dos entrantes compartidos: una chistorra abundante y enérgica, para mi gusto demasiado, que hubo que ayudar a bajar con el magnífico pan que sirven en el restaurante y la maravillosa tortilla. He probado muchas, y La Coruña tiene, probablemente, cuatro de las cinco mejores tortillas de patata de España, pero la de “El Manjar” es, en mi opinión, la mejor: increíblemente jugosa sin estar cruda, con la patata cortada en finas láminas perfectamente fritas, y utilizando un huevo y una patata excepcionales, además de un tamaño más que respetable.

 

Como iniciativa blogueril, reto desde aquí al señor Foucellas a un comparativo de las mejores tortillas de la ciudad (en su blog que tiene más lectores), porque creo que no lo ha hecho todavía y la tradición herculina lo merece.

De segundo nos lanzamos a una menestra de verduras, buena, pero excesivamente aceitosa y escasa de sal y, por mi parte, a una imponente raya, preparada con pimentón y guisantes: magnífico el ejemplar, y acertada la preparación, sencilla pero muy sabrosa, y si tiene algún pero este plato es que, al contrario que la menestra, estaba un poquito pasado de sal. Este pescado me lo recomendó Crispi, el cocinero y, a pesar de que en otras ocasiones no me habían convencido sus consejos, esta vez acertó de pleno.

Para acompañar los cafés, unas filloas, que estamos en época; no pasarán a la historia pero estaban buenas y me dejaron absolutamente para el arrastre. El mayor error de esta comida fue el exceso: si se pide la tortillas hay que olvidarse de otros platos.

En definitiva, buena materia prima, cocina tradicional y actitud pasada de moda. A pesar de la excepcional tortilla he salido, como en otras ocasiones, sin ganas de volver, después de una comida excesivamente copiosa.