Restaurante “Alborada” (La Coruña)

Después del triunfo arrollador, otro año más, en el ránking de Pantagruel del“Alborada” como mejor restaurante de La Coruña en 2008, le hice ayer una nueva visita.

Poco voy a decir sobre lo acertado del diseño del local que no se haya dicho antes.  Lo sorprendente es llegar y encontrar el restaurante vacío; al rato se ocuparon un par de mesas más, pero la impresión inicial fue de desconcierto: crisis y demás, pero no deja de ser un jueves… y nadie en el comedor a las nueve y media de la noche. Y yo me pregunto: ¿puede un restaurante de calidad mantenerse así? ¿Sólo funcionando fines de semana? El caso es que después de pasar el día en El Ferrol con unos amigos de la familia y una distendida charla en las que hablamos desde el Depor de la Coruña hasta el precio de las empresas de cerrajeros de Ferrol, apetecía darse un homenaje en este increíble local.

El servicio del Alborada es profesional, especialmente el jefe de sala, atento a todos los detalles. De los camareros, salvo el detalle de intentar quitarme el plato de la mesa antes de terminar -reconozco que me gusta comer despacio-, nada que objetar.

Como aperitivo de la casa, un caldete con patata, pimentón y panceta, estupendo para abrir boca.

De entrantes, un foie al Pedro Ximénez que, no por clásico deja de ser un éxito seguro: la combinación de sabores siempre subyuga los sentidos, especialmente si no abusamos; después, el clásico del “Alborada”, su plato más conseguido: “Huevos rotos con cigalas y patatas”, un plato que no defrauda a nadie, que gusta a niños y mayores, que usa un huevo de corral que pone a cada uno en su sitio y unas colas de cigalitas que me persiguen en sueños… Sé que lleva desde hace tiempo en carta, pero no puedo dejar de pedirlo en cada visita; una auténtica delicia.

Para los segundos, opciones cárnicas: el rabo de toro, desmigado y con puré de patata, bastante bueno pero que se puede mejorar, es un plato enérgico de concepción, pero que en esta representación no deja de verse un tanto “capado”. Por mi parte, me lancé al entrecotte de buey con patas panaderas, pimientos y mostaza a la antigua: es difícil innovar menos en la elección, pero es que el entrecotte que sirven los amigos es para ponerse a pensar: perfectamente crurruscado por fuera y crudo por dentro, pero si estar frío, perfecto de temperatura; la carne, sin nervios pero con sus puntos de grasa; una auténtica delicia, en definitiva, y casi diría que me sobra la mostaza, que no por buena deja de comerse el sabor de la pieza de carne; un plato sencillo pero de ejecución perfecta.

Luego, una tarta de manzana para compartir, realmente exquisita.

Regamos la cena con un Legaris 2005, nada especialmente memorable, un ribera de corte moderno, enérgico sin ser demasiado alcohólico, servido en un formato de 50 cl. realmente curioso y perfecto para una cena, tal vez demasiado abundante.

Salí mucho más contento que en anteriores visitas, no sé si para considerarlo el mejor restaurante de la ciudad tan de largo… pero no estará lejos. Le reprocho al local las pocas, poquísimas, novedades en la carta.